Salí del cuarto de baño y fui al salón donde me esperaba.
Me ordenó arrodillarme y besarle los zapatos. Yo estaba nervioso y excitado, sentirme en esa posición, besando sus tacones, sólo hubiera podido superarse, si ella me hubiera permitido adorar sus pies. Pero no me atreví a pedírselo, antes de la sesión ya me había comunicado, que haría únicamente lo que le apeteciese, y además era posible que yo no le gustase.
Cuando me ordenó levantarme, cogió la fusta y me preguntó si recordaba los códigos de colores, a lo que asentí y comenzó mi castigo.
Los primeros golpes que me propinó fueron suaves, midiendo mi reacción, y fue aumentando la potencia paulatinamente.
Yo no estaba dispuesto, en mi primera sesión, a usar la palabra de seguridad, aunque me dejase el culo ensangrentado, pero, afortunadamente, detuvo el castigo para inspeccionar el efecto que estaba causando en mi piel.
Al comprobarla comprobó que se estaba poniendo roja, y cómo yo no podía llevar marcas, lamentó no poder seguir castigándome.
Yo también lo lamenté, no me gustaba nada que si difrutaba castigándome no pudiera hacerlo, pero por otra parte me alegré, era un ama que cuidaba que mi vida privada no se viera afectada por nuestras sesiones, y además aquello me había empezado a doler de verdad.
Después me sentó, y me dijo que le limpiara los zapatos con la lengua; Nuevamente a sus pies...
Mientras lo hacía a veces me ordenaba parar y me escupía en la cara. Yo creo que pensaba que la saliva me podía producir algún tipo de molestia, pero a mí lo único que me molestaba era que no la depositase en mi boca. Nunca me ha producido ninguna repugnancia la saliva, y menos viniendo de ella.
Después me hizo ponerme delante de ella y escupió repetidamente en mi cara hasta llenarla casi totalmente de saliva. Lo que más me gustaba, era ver su cara mientras lo hacía, parecía disfrutar y estaba guapísima.
Lo que a continuación vino me gustó menos. Me ordenó ponerme con el culo en pompa bien expuesto, y entendí que iba a introducirme un consolador ¡, que previamente me había enseñado con cara de satisfacción.
Creo que le dije que no estaba demasiado acostumbrado a que me hicieran aquello, que pensaba que me iba a hacer. No me hizo ningún caso, ella deseaba hacerlo.
En ese momento, empecé a sentir que esa mujer, joven, bonita, locuaz y perversa, podría llegar a ser el Ama que llevaba mucho tiempo buscando.
La sesión duró bastante más de una hora, y en la despedida me dio un beso.
Cuando salí de allí, tenía la absoluta certeza de que volvería, y que además sería muy pronto.
Pepe Estrella.
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